Rastro de Valencia
  El Trapero-a
 


El Trapero-a 


 

 

 

 

    Trapero es un vocablo que sirve para designar a quien practica el reciclaje de basuras y deshechos a un nivel de pura subsistencia.  
    Todo el mundo necesita deshacerse de aquello que considera un estorbo o le produce remordimientos o indiferencia y, “un día de estos…”, se dirá por lo bajini, se decidirá a tirarlo y experimentará un alivio a la vez que gana espacio. O se mudará de vivienda y tendrá que hacer un reajuste. La cuestión es, que casi sin remedio, iniciará otro ciclo porque mientras viva, de una manera u otra, seguirá acumulando. Esto es lo que caracteriza a los vivos actuales: que acumulan más de lo que necesitan y pueden tomar decisiones. Pero ¿qué ocurre con los muertos? Después del fallecimiento, viene el reparto y la selección de lo que a largo de toda una vida (y si ésta ha sido extensa) el difunto, siguiendo más o menos el mismo proceso de acumular, seleccionar, decidir y tirar, no ha podido llevarse consigo.  Los allegados se enfrascan en la partición y llega el momento del descarte: el momento de llamar al trapero-a para que retire lo que consideren desechable, o ellos mismos lo tirarán directamente al contenedor de basura.     
    
    El servicio de recogida de basuras retira los desechos de una manera indiscriminada para transformarlos en materias primas. A los libros, revistas, partituras, fotos, postales, sellos, cromos, tebeos, comics, lienzos, legajos, juguetes de cartón, ropas y ajuares se les pone la etiqueta genérica de cartón y papel y vuelven a ser reutilizados. Los juguetes antiguos metálicos, relojes, cámaras fotográficas, tomavistas, bronces, cuberterías, lámparas, apliques y un sin fin de artículos de metal son fundidos y reutilizados como materia prima para las industrias metálicas. Scalextric, madelman, geyperman, mariquita perez, nancis y toda la gama de juguetes vintage; estilográficas, bolígrafos, vinilos, celuloides no son nada más que plásticos que van a ir a parar a una refinada planta de reciclaje. La cristalería de la bisabuela se reciclará como vidrio. Muñecas y figuras de porcelana y biscuit; artesania en loza, cerámica, mármol y alabastro; marcos, cajas, arcones y muebles auxiliares de madera se triturarán y se enterraran sin más.        
    
    Este seria el irremediable fin de lo que arbitrariamente es considerado como desecho: la fundición o el enterramiento de los recuerdos. El olvido de los pequeños acontecimientos de la historia cotidiana de las personas y el lugar, si no fuera porque unos hombres y mujeres, traperos, que si algo tienen que ver con Diógenes de Sinope es la austeridad en la que viven, no metieran la mano en el contenedor de basura convertido en un buzón de correos donde los remitentes anónimos depositan un certificado cuyo destino, en primera instancia, es el Rastro: lugar donde "las cosas vuelven a la orilla como si de un naufragio se tratara"  como decía Ramón Gómez de la Serna. Y de paso, ese trapero-a se relaciona con los demás y enriquece su persona despertando el interés en otros, en el marco de la transacción económica y, aunque comparta el provecho de forma desigual, le compensa, porque se siente útil: se siente vivo y es consciente de su dignidad practicando el esfuerzo.
    
    Hemos escudriñado el interior de un contenedor de basura y vemos que los desechos son una fuente de riqueza. A gran escala, el reciclado de papel, cartón, trapos, vidrio y metales supone un mejor aprovechamiento de los recursos naturales y una bofetada menos al maltratado medio ambiente. A pequeña escala, que es como lo realiza el trapero-a, sirve para rescatar del olvido, el rastro que las personas y las cosas dejamos en nuestra existencia pasajera y al que llaman, historia.   
 
   
 
 


               










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